La dinámica política costarricense empieza a parecerse, en pequeña escala, a uno de los periodos más tensos del siglo XX: la Guerra Fría (guardando las distancias). No por armas ni conflictos internacionales, sino por algo igual de peligroso para una democracia: la polarización.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se dividió en dos bloques ideológicos incapaces de ceder. Por un lado, el capitalismo liderado por Estados Unidos; por el otro, el comunismo encabezado por la Unión Soviética. No había matices. Esa lógica de bandos, de blanco o negro, es la que hoy se mete en la política costarricense.
Desde el 2022 con la elección de Rodrigo Chaves como presidente, el país con el tiempo se acomodó en dos posiciones claras: le mostraron su respaldo y quienes se convirtieron en su oposición. El propio exmandatario participó en la discusión, marcó una línea clara entre “costarricenses patrióticos” y “filibusteros de la patria”. Esa no fue una frase aislada, fue una forma de hacer política. Si bien la tensión empezó en redes sociales, durante la campaña del 2026 se trasladó con fuerza a la calle.
Yo cubrí esa campaña como periodista, en actividades de distintos partidos y en diferentes puntos del país. Lo que vi fue una política cada vez más marcada por bandos.
El día previo a las elecciones estuve en Tibás, en una actividad con simpatizantes del Partido Liberación Nacional, cuando llegó el “Coali-bus” de Claudia Dobles. Había banderas verdiblancas, gente conversando y un ambiente abierto. Pero cuando aparecían símbolos asociados al oficialismo, el ambiente cambió. No era el mismo. Esa incomodidad era evidente.
No fue un caso aislado. En varias coberturas vi lo mismo. Incluso el día de las elecciones, algunos votantes me dijeron que preferían no llevar banderas de Pueblo Soberano para evitar conflictos. Ese nivel de tensión no era común en Costa Rica.
La campaña también dejó escenas que reflejaron esta dinámica. El llamado “Antidebate” reunió a Claudia Dobles del CAC, Ariel Robles del Frente Amplio, Álvaro Ramos del PLN y Juan Carlos Hidalgo del PUSC. No llegaron a confrontar, llegaron a coincidir. Y eso dice mucho. La lógica de alinearse frente a una figura política ya estaba presente incluso antes de las elecciones.
En ese mismo contexto, Ariel Robles señaló antes de las elecciones la necesidad de sacar a Rodrigo Chaves del poder. Después del proceso electoral, el propio Chaves calificó de “therians” a sus votantes. Ese intercambio de posiciones refleja el nivel al que llegó el discurso político en el país.
Además, durante la campaña se vio cómo figuras qué formaron parte del gobierno, como Natalia Díaz, Álvaro Ramos y Luis Amador, tomaron distancia en momentos clave y marcaron una separación conforme avanzó el proceso electoral.
Los resultados electorales terminaron de confirmar esa fragmentación. Laura Fernández, como candidata oficialista, ganó con un 48% de los votos y evitó una segunda ronda. Más de la mitad del país votó por otras opciones, pero esos votos se repartieron entre 19 candidaturas. Esa división favoreció directamente al oficialismo.
Después de las elecciones, esta lógica se trasladó a la Asamblea Legislativa. El 1 de mayo, durante la elección del directorio legislativo, los partidos no oficialistas actuaron como un solo grupo: se alinearon, votaron juntos y presentaron candidaturas comunes para todos los puestos. El oficialismo, por su parte, votó por sus propios candidatos y ganó gracias a su mayoría simple, sin negociar.
Fue después de ese episodio cuando Claudia Dobles, ya como diputada, rechazó que se les llamara “bloque opositor”. Pero hay que decirlo sin rodeos: si varios partidos se organizan, votan en conjunto y se posicionan frente a la bancada de gobierno, son un bloque opositor. No es un tema de etiquetas, es un tema de hechos.
A esto se suma un elemento clave hacia adelante. Laura Fernández nombró como ministro de la Presidencia al expresidente Rodrigo Chaves. Ese cargo tiene como una de sus funciones principales negociar con la Asamblea Legislativa. Sin embargo, esa decisión generó dudas, al considerar los ataques directos que el propio Chaves lanzó contra diputados actuales, como Edgardo Araya, a quien llamó “estúpido”. La pregunta es inevitable: ¿va a negociar o va a mantener una lógica de confrontación?
Todo esto confirma el punto: el país ya no está funcionando como un sistema de múltiples fuerzas que negocian entre sí, sino como dos grandes bloques que se enfrentan.
Y ese es el problema.
Porque cuando la política se convierte en una pelea de bandos, deja de importar el contenido de las ideas. Importa quién las propone. Se rechaza lo que viene del otro lado aunque sea bueno, y se defiende lo propio, aunque sea cuestionable.
Eso no fortalece la democracia, la debilita.
Costa Rica no vive una guerra fría en el sentido histórico, pero sí cae en una lógica peligrosa que se le parece demasiado. Una lógica donde el adversario no es alguien con quien se puede negociar, sino alguien al que hay que derrotar. Y cuando eso pasa, la política deja de servirle al país y empieza a servirle únicamente a los bandos.

