Ébola es un virus que no desaparece, solo espera y convierte pueblos enteros en cementerios. No son necesarios millones de contagios para aterrorizar, no necesita fronteras para expandirse, no tiene la necesidad de mutar para recordarnos que la desigualdad mata más que cualquier patógeno.
Mientras en el mundo se discuten guerras, AI y elecciones globales, ébola sigue ahí, siempre presente, recurrente, esperando el próximo vacío en algún sistema de salud frágil para volver a aparecer. Lo que mas incomoda es admitir que el virus no es un problema médico, es un problema político.
Los números explican el miedo, el actual brote activo en el DRC y Uganda de la cepa Bundibugyo la cual es nueva, ya consta con 623 casos confirmados, 103 muertes, con una letalidad del 24%. La OMS la declaro Emergencia de Salud Pública Internacional el 17 de mayo del presente año.
Por otro lado 16 trabajadores de salud han sido infectados, la frontera Uganda- DRC fue cerrada desde el 28 de mayo y el rastreo de contactos es de solo del 45%, lo ideal es de un 90%.
Históricamente se han reportado alrededor de 45,135 casos, 21,622 muertes, con 19 países afectados con una letalidad acumulada del 47.9%. El brote de 2014-2016 reporto 11,300 muertes, cabe destacar que la cepa Bundibugyo no tiene una vacuna aprobada.
Ébola no se expande por que sea invencible, se expande por que no existen hospitales, no hay carreteras, ambulancias, agua potable. En comunidades rurales de Africa Central y Occidental, un funeral tradicional puede convertir en un evento de contagio masivo. No por ignorancia, sino por cultura, dolor y abandono gubernamental.
Lastimosamente esta tragedia no aparece en los titulares, los niños huérfanos, las aldeas estigmatizadas, las familias que esconden enfermos por miedo y las economías locales destruidas en semanas.
Recordemos que cuando el COVID-19 golpeo al planeta, los países más ricos movilizaron billones, cerraron sus fronteras, aceleraron vacunas y transformaron sus sistemas de salud en meses. Cuando el ébola golpea, no pasa nada.
No vemos conferencias de prensa globales, no se crean fondos de emergencia, la solidaridad internacional no existe, ¿Por qué? Porque el ébola mata a los pobres, no a los poderosos.
Geopolíticamente es un virus ¨cómodo¨, no amenaza a Europa, no amenaza a Estados Unidos o a China. Amenaza a quien ya viven al borde del colapso, por eso el mundo lo ignora.
Erradicar el virus no es cuestión de ciencia, es cuestión de voluntad política. Son necesarios sistemas de salud más robustos, una vigilancia epidemiológica real, inversión en infraestructura civil como carreteras y centros de salud, al igual que una vacuna para todas las cepas incluida Bundibugyo.
La creación de campañas culturales adaptadas a cada comunidad es algo importante, así como garantizar la seguridad para los trabajadores de salud en zonas que sufren conflictos armados.
Pero nada de esto es rentable para las potencias ni tampoco es prioridad para los gobiernos que luchan por sobrevivir a sus propias crisis internas.
Ébola no es un virus del pasado, es un espejo incomodo del presente. Mientras sigamos creyendo que las pandemias solo importan cuando los países ricos son afectados, seguiremos permitiendo que un virus con una mortalidad del 90% se convierta en una tragedia cíclica en los mismos pueblos, mismos lugares y por las mismas razones.
Este virus no necesita mutar para ser peligroso, solo necesita que se siga ignorando.
Escrito por: Luis Mainieri, Periodista Gamma Digital.
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