El mundial se nos vende como una fiesta: himnos, goles, estadios brillantes y banderas, pero detrás de cada celebración existe una sombra.
Mientras el mundo mira la cancha, cientos, sino miles de personas quedan fuera del encuadre como: los trabajadores explotados, familias desplazadas por megaproyectos y migrantes desaparecidos en obras que nunca llevaran su nombre. Sí, el fútbol une naciones, pero también borra vidas.
Una historia que se repite
Por ejemplo, en campeonatos mundiales recientes miles de migrantes trabajaron bajo condiciones precarias para construir estadios, carreteras y hoteles. Según el periódico británico The Guardian, alrededor de 6.500 trabajadores murieron desde 2010, cuando Qatar fue elegido sede del Mundial 2022.
Varias organizaciones de derechos humanos documentaron muertes sin investigar, salarios impagos y jornadas de trabajo extremas. HRW y otro grupo de derechos, FairSquare, publicaron investigaciones que detallan muertes de trabajadores migrantes por accidentes relacionadas con el trabajo en obras saudíes para el Mundial 2034.
El futbol no es el problema, el problema es el tipo de modelo que convierte un evento deportivo en un megaproyecto de ingeniería social, en el cual el Estado y las corporaciones toman la decisión de quien merece vivir cerca, quienes se pueden borrar sin consecuencias y quienes deben trabajar hasta morir.
Y bueno, el futbol es un negocio en el cual se exige estadios con ciertas características, las constructoras buscan firmar contratos millonarios y los gobiernos quieren lucirse.
Detrás de las obras
Lastimosamente el ser humano se vuelve desechable al final de esta cadena, el futbol no debería costar vidas, pero al final si las cobra.
Este evento deportivo no es solo deporte, es propaganda, diplomacia y control narrativo.
La FIFA es un actor político con influencia a nivel global. Los países que albergan el evento buscan notoriedad internacional, mientas las personas que construyen las obras quedan atrapadas en sistemas laborales que prácticamente rozan la esclavitud moderna. Tal como lo destacó un jóven trabajador en una entrevista de BBC:
“Vivimos y trabajamos como esclavos. Aguanto por mis hermanos pequeños en Uganda, para que coman y se eduquen”, dijo Moses.
Pero no todo es denunciar, también se trata de proponer algunas soluciones. Como la transparencia total sobre las condiciones de trabajo, protección legal para los trabajadores, una compensación para las familias de las víctimas.
También la creación de protocolos obligatorios de derechos humanos para los países sede, contar con mecanismo de denuncia que no dependan del estado anfitrión y auditorias independientes en las obras de infraestructura.
El deporte no tiene la culpa, la culpa es de quienes deciden cuando un gol es más valioso que una vida. Recordemos que mientras el mundo celebra una fiesta deportiva detrás existen muchas familias que siguen a la espera de ese familiar que nunca regreso a casa.
La otra cara del mundial no está en la cancha, afición o estadios, está en las sobras donde nadie quiere mirar.
Escrito por: Luis Mainieri, Periodista Gamma Digital.
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